La infancia nos persigue por el resto de nuestra vida y nos esmeramos en olvidarla, perder la capacidad de asombro, comportarnos con mesura y “como Dios manda”…
Nunca se ha dicho de Pancho que sea la persona más madura en esta tierra y muchas veces me he explicado por qué, para no ir más lejos cada que regreso del trabajo a una hora “prudente” y por alguna casualidad del destino no voy a otro lugar que no sea mi casa, paso por un edificio de lo más moderno, un edificio que está proyectado de manera tal que desde el punto en que lo miras parece un edificio diferente, es increible. Un compañero de la oficina se maravilla con éte cada que lo ve y coincido con él al creer que parece que el edificio tiene vida propia. Pero eso no es lo más interesante de dicha estructura arquitectónica. También tiene la propiedad de producir viajes en el tiempo, por que al pasar entre 5 y 7 de la tarde por una de sus esquinas inunda el aire con un olor a tintorería que no me deja más remedio que encogerme hasta llegar a tener 8 años e ir de regreso del super tomado de la mano de mi abuela y conmiendo un pan de dulce a recoger las camisas planchadas de mi abuelo el doctor, después llego a mi casa con ese sabor a pan y algunas migajas sobre la playera.
Tal vez es por eso que hay ocasiones en las que tengo que perseguir mi sombra que se descose de mi calcetín y muy probablemente por lo mismo Wendy haya decidido quedarse en su casa a crecer…
Hoy no sé si estoy cansado de perseguir mi sombra y extraño a Wendy o si prefiero seguir regresando de trabajar tomado de la mano de mi abuela.
¡ay! ¡que caray!…





